Esos políticos que tanto odiamos: ¿Por qué nos gobiernan los imbéciles?

Revista Ikaro

Los extraterrestres solo mandan naves o sondas sin tripulación, después de siglos en la Tierra esta semana llegaron a una conclusión científica irrefutable: la humanidad padece una adicción patológica e incurable a ser pastoreada por los sujetos más idiotas, peligrosos y moralmente deficientes de su especie.

No es una anomalía del sistema; es el sistema. A lo largo y ancho del globo, el poder no se entrega al más sabio, sino al que tiene la capacidad de prometer milagros con la convicción de un psicópata y la profundidad intelectual de un meme de internet. ¡Nos gobierna una gerontocracia de cretinos, un desfile de narcisistas !. La pregunta no es cómo llegaron ahí, sino por qué seguimos obedeciendo cuando nos ordenan saltar al abismo.

El Tablero de los Idiotas: Un repaso a la geopolítica del absurdo

Para entender la escala de la idiotez humana, basta con echar un vistazo al mapa actual. No son choques de titanes ideológicos; son pataletas de patio de escuela con artillería pesada.

El delirio imperial de un exagente nostálgico con olor a Vodka añejo (Rusia contra Ucrania):

En el este de Europa, un autócrata estancado en el siglo XX decidió que la mejor forma de demostrar la grandeza de su nación era sacrificar a cientos de miles de sus propios jóvenes en una picadora de carne.

El pretexto puede cambiar según el día (o como tenga los huevos Putin): primero fue desnazificar un país con un presidente judío, proteger fronteras de la OTAN o simplemente porque extraña el mapa de la Unión Soviética.

Mientras tanto, el mundo contiene el aliento esperando que a un anciano paranoico no se le ocurra oprimir el botón rojo porque amaneció de mal humor.

El concurso de penes nucleares (El Trompas contra Irán):

La diplomacia moderna se ha reducido a ver quién la tiene más larga… la lista de sanciones. En este rincón, un magnate de la telerrealidad obsesionado con su peinado y su rating; en el otro, un régimen teocrático anclado en el medievo que financia el caos regional mientras jura que su programa nuclear es “para fines pacíficos”. Es el choque cultural definitivo: el capitalismo de casino contra el fundamentalismo sagrado, jugando al borde del apocalipsis. Y nosotros comemos uñas, porque los alimentos suben.

Salomón Pum Pum (Israel contra todos):

Bajo la premisa de la legítima defensa, el gobierno de Tel Aviv ha decidido que la mejor estrategia de supervivencia a largo plazo es bombardear a absolutamente a todos sus vecinos, haciendo mierda hospitales y convertir fronteras enteras en cementerios a cielo abierto.

Es la lógica pura del matón: si rompo todo lo que me rodea, nadie podrá hacerme daño. Una genialidad geopolítica que solo garantiza que la próxima generación de huérfanos no tenga nada que perder más que el miedo.

El olvido cínico de la abundancia (Conflictos en África):

Mientras el mundo llora por las bolsas de valores occidentales, en el continente africano la imbecilidad humana opera a destajo. Señores de la guerra que intercambian diamantes de sangre por rifles de asalto, masacrando a sus propias poblaciones para que las corporaciones europeas y asiáticas puedan seguir extrayendo recursos de lujo de forma barata. El silencio de la comunidad internacional es proporcional a las riquezas del subsuelo en disputa.

Locura geriátrica en ebullición (Daniel Ortega):

Más cerca de casa, nos topamos con el colmo del cinismo tropical. Un viejo caudillo que alguna vez posó de libertador y hoy gobierna un país entero como si fuera la finca privada de su esposa esotérica.

El régimen nicaragüense es el ejemplo perfecto de cómo un dictador cretino puede sostenerse a base de desterrar poetas, encarcelar sacerdotes y perseguir a cualquiera que violente sonreír sin permiso del partido. Una opereta trágica armada con uniformes de camuflaje.

La Psicología del Rebaño

La respuesta fácil es el miedo. La respuesta real, y mucho más oscura, es que al ser humano le aterra la libertad. Pensar duele; requiere esfuerzo, autocrítica y la incómoda aceptación de la incertidumbre. – ¡Es mucho más cómodo entregarle el cerebro a un charlatán que grite fuerte!

La entrega voluntaria no es nueva; los pensadores más lúcidos nos lo advirtieron mientras veían el mundo descarrilarse:

Gustave Le Bon ya descifraba en el siglo XIX cómo el individuo más inteligente se disuelve en la estupidez colectiva al formar parte de una muchedumbre. Como bien apuntó en su obra cumbre:

“En las masas, lo que se acumula no es el talento sino la estupidez” (Psicología de las masas, Gustave Le Bon, 1895).

El líder mediocre lo sabe y no apela a la lógica, sino a los instintos más primitivos del rebaño.

Años más tarde, el psicoanalista Sigmund Freud retomó el testigo para explicar la fascinación casi erótica y ciega que el rebaño siente por el macho alfa que lo pastorea, despojándose de toda racionalidad:

“La masa es un rebaño obediente que nunca podría vivir sin un señor. Tiene tanta sed de obediencia que se somete instintivamente a cualquiera que se erija en su amo” (Psicología de las masas y análisis del yo, Sigmund Freud, 1921).

Cuando el fascismo y los totalitarismos devastaron Europa, el filósofo Eric Fromm destapó la amarga verdad: la libertad genera tanta angustia y aislamiento que la gente prefiere regalarla a un tirano con tal de sentirse parte de algo grande:

“El hombre asustado busca a alguien o algo a lo que ligar su yo; ya no puede soportar más la tormenta de su propia libertad” (El miedo a la libertad, Eric Fromm, 1941).

El imbécil en el poder promete orden a cambio de tu conciencia, y el rebaño firma el contrato feliz de la vida.

Finalmente, la filósofa Hannah Arendt, analizando los horrores del nazismo, acuñó un concepto que describe a la perfección a nuestros gobernantes actuales y a los burócratas que les aplauden. El mal no siempre es brillante ni maquiavélico; la mayoría de las veces es terriblemente estúpido y ordinario:

“La esencia de la total obediencia descansa en la convicción de que se está actuando según las leyes de la historia o de la naturaleza, ante las cuales el hombre individual es insignificante” (Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt, 1951).

El imbécil en el poder funciona, como un espejo amplificado de las miserias de la masa. Cuando un líder destila odio, xenofobia o superioridad moral, el ciudadano promedio se siente indentificado – ¡Si ese idiota puede ser presidente o dictador, entonces mis propios prejuicios e ignorancia no están mal!. Seguimos a los idiotas porque, en el fondo, nos ahorran el trauma de tener que madurar como sociedad.

La Paradoja del Uniforme

Aquí radica el misterio más grande de la civilización: ¿por qué los ejércitos obedecen? Teóricamente, las fuerzas armadas existen para la “defensa nacional”, una frase noble grabada en escudos y monumentos. Sin embargo, en la práctica, basta con que el imbécil de turno firme un decreto para que miles de hombres y mujeres armados cruzan una frontera a asesinar a personas que nunca han visto ni odian.

Los ejércitos pasan por un entrenamiento donde la voluntad individual desaparece. Se les enseña que la disciplina está por encima de la moral y que la obediencia ciega es una virtud “heroica”. El soldado en el frente no ve el panorama completo; de la orden inmediata. Se convierte en una pieza ejecutable. Si el programador del sistema es un demente, el militar ejecutará la masacre con eficiencia matemática.

Esa especie que no desaparece: El Dictador

Los dictadores son una subespecie zoológica del político que nunca deja de sorprender. Nos rasgamos las vestiduras viendo cómo personajes de la talla de Daniel Ortega, Vladímir Putin o la gerontocracia de los ayatolás se eternizan durante décadas en el trono. Pero la explicación no es mística, sino puramente mecánica. Una dictadura jamás se sostiene por el amor del pueblo —el amor es un lujo muy volátil—, si no por la administración científica de la miseria, el terror y la apatía.

Para entender este engranaje de supervivencia, hace falta repasar sus tres pilares a la luz de quienes mejor han estudiado la opresión:

El dictador siempre se asegura de que la policía y el ejército coman mejor, cobren a tiempo y mantengan sus privilegios intactos frente al resto de la población. El filósofo político Nicolás Maquiavelo ya dejó claro el manual del buen tirano al afirmar:

“Es mucho más seguro ser temido que amado, si se ha de carecer de uno de los dos… y los hombres vacilan menos en herir a uno que se hace amar que a uno que se hace temer” (El Príncipe, Nicolás Maquiavelo, 1532).

Mientras los de uniforme tengan privilegios y prebendas que perder, la empatía se evapora: dispararán contra los hambrientos sin dudarlo para proteger su propio plato de comida.

El régimen convierte la sospecha en la principal política de Estado. Vecinos espiando a vecinos, comités de vigilancia barriales, hijos delatando a padres en redes sociales o ante comisarías. El sociólogo Zygmunt Bauman describió a la perfección este fenómeno de aislamiento moderno donde el poder destruye los lazos comunitarios para que nadie pueda rebelarse:

“Para que el poder sea absoluto, la solidaridad entre los súbditos debe ser completamente liquidada” (Modernidad y Holocausto, Zygmunt Bauman, 1989).

Al meter el miedo en cada hogar, se cumple la regla de oro del control: sin confianza mutua, no hay organización; y sin organización, la revolución es un bonito mito de café.

Los discursos moralistas de la ONU y las condenas diplomáticas en televisión son pura puesta en escena para consumo de la opinión pública bienpensante (o malpensante). Detrás de bambalinas, la realidad es mercantilista. El pensador y lingüista Noam Chomsky ha denunciado hasta el cansancio la hipocresía del orden global, donde los derechos humanos siempre se arrodillan ante la balanza comercial:

“Si quieres entender la política exterior de cualquier potencia, no escuches sus discursos sobre democracia; mira hacia dónde fluyen sus capitales y sus armas” (Hegemonía o supervivencia, Noam Chomsky, 2003).

Siempre habrá otra potencia —u otra corporación trasnacional— dispuesta a mirar hacia otro lado a cambio de comprar el petróleo, el gas, los minerales o el oro del dictador a precio de saldo. Los tiranos no caen rápido porque la tiranía, sigue siendo un negocio lucrativo para los de afuera.

Al final del día, mientras el mundo se cae a pedazos, solo queda reírse para no llorar. Los imbéciles seguirán gobernando porque la fábrica de idiotas jamás se detiene y la materia prima es inagotable y los empresarios de alto nivel los requieren.

Así que, bartender, sirvame otro trago. Si vamos a presenciar el fin de la civilización dirigida por pervertidos funcionales con delirios de grandeza, al menos que nos pillen con el vaso lleno.

¡Salud por el colapso!