Revista

Ikaro

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I

A

ContraCultura

O

Artificial

O

EN LA LENGUA DE IKARO

Hola doblegados seres de carbono, que viven día a día en la metafísica del capital, añorando ganar más billetes de gran banco, aunque nunca lo lograras sin sacrificar eso que piensas es libertad. Pues en tiempos de Inteligencia artificial sucumbes a la incertidumbre de que eres imprescindible para los datos de un sistema que te dejará muerto de hambre.

Aunque se venda como panacea la herramienta electrónica solo sirve a un solo amo, a su amo, vos solo sos un usuario con permiso temporal, para dejarles tu dinero y tu información.

No negamos que su uso tenga beneficio, pero realmente muchos monos solo la usan para crear y plagiar, muy pocos crean cosas que sirvan a la humanidad.

Anacrónicos plebeyos que en su vida no crearon nada, que el arte más puro era el que deseaban en sus sueños mojados, hoy se creen el Davinci de la mierda. Mientras cacarean en redes sociales esas majestuosas monstruosidades que crearon usando algunas palabritas en la pantalla.

No te sustituye la Inteligencia Artificial, aunque no es inteligente por sí sola, porque solo toma datos e información de la web, pues si fuera realmente capaz de crear sola, hablamos de un ente artificial con pensamiento. Realmente quien te sustituye son otros humanos, que disparan en el teclado desde la oscuridad.

¡Adaptate! Esto es la cúspide de la evolución, tomaron la creatividad y la capacidad humana, la metieron en una licuadora, para cagarse en el planeta. Por eso escala rápido en la rama (desvolutiva) que las aguas de la distopía solo traen las inmensas ganas de ahogarte.

Por ello querido mono sapiens, quitate la venda de los ojos, date cuenta que mientras sigas dormido y encerrado en tu habitación, agotando tus días, ellos ya ganaron.

Revista Ikaro y la Inteligencia Artificial

Contracultura Artificial

Estoy frente a la computadora. Mi mente está en blanco y navego de forma perdida en la red; no sé qué busco, quizás algo que me inspire a crear. Cuando me percato, ya he perdido una o dos horas. Me niego a usarla, pero creo que necesito ayuda rápida para llenar estos huecos creativos, así que voy a ella: la «Inteligencia Artificial».

Busco algo rápido que me ayude. Escribo oraciones con instrucciones, prompts le llaman para acortar la palabra —ahora todo se acorta: desayunar a las 12 es brunch, censurar es funear—. ¡Qué putas con la gente!

Al igual que las redes sociales, la IA nos está volviendo demasiado tontos para pensar. Antes los influencers pensaban por nosotros; ahora lo hace ese código binario tan bonito que te retoca las fotos, te hace la tarea y, pronto, con los avances en robótica, también te hará cositas ricas.

Usarla es una tentación: ya no hay que pensar en nada. Tengo la idea y le digo: «hácemelo vos, para eso pago la cuota mensual». ¿Investigar para qué? ¿Hacer un esfuerzo para qué? Pero, ¿realmente es la IA el demonio del tonto? Pues no. Hace tiempo, cuando el mundo se convirtió en un show, el librepensador o el creador pasaron a ser un estorbo social; lo políticamente correcto se volvió la norma.

Cuando permitieron que en las escuelas y colegios se usarán resúmenes en lugar de sentarse a quebrarse la cabeza leyendo, ahí comenzó el fin. Institucionalizar la falta de interés por usar la masa gris se convirtió en la regla; la IA es tan solo el resultado de ese control social.

cansados y dominados

Revista Ikaro y la Inteligencia Artificial 02

La IA el último clavo para el ataúd de la rebeldía

Los agentes cibernéticos te van conociendo poco a poco. Cuando intentas luchar contra ellos confundiéndolos con tus gustos, ellos, a nombre de sus patrocinadores, buscan darte lo que quieren que mirés. ¿O acaso no has pensado que es casi diabólico cómo el teléfono o la red social adivinan tus deseos? Pensaste en pizza y ahí vas, como corderito, a comprar pizza.

Todo este esquema artificial se va convirtiendo en un dios pagano y omnipresente donde ya ni la rebeldía pasa la prueba. Ahora la «rebeldía» se reduce a despotricar en redes sociales contra lo injusto y armar una pequeña protesta de un día esperando que haya alguna corrección. La violencia se volvió la norma cotidiana en las noticias; solo importa el hedonismo de tus vicios, mientras que el compromiso con los seres reales de tu vida se percibe como un estorbo. Ahora soy «libre» y busco mi «autodeterminación».

Poco a poco dejas de saber qué es real y qué fue hecho de forma artificial. Buscas música y te salen canciones que suenan perfectas a tus oídos, cantadas por un modelo robótico que copió toda la historia de la música solo para que un idiota gastara agua y electricidad soñando que es músico —algo así como ser modelo de OnlyFans—.

La contracultura fue absorbida por el mercado y este la fue desapareciendo. Nadie adoptó el saber, solo el espectáculo. Y cuando algún meme dice algo medianamente culto, vos lo asumís y te sentís Platón (este señor era un filósofo, lo aclaro porque ahora hay que poner etiquetas completas para los niños de esta generación, no sea que piensen que es un plato muy grande).

Es un hecho que si este texto lo pusiera en YouTube con unos shorts de 30 segundos sería de más provecho. Serán tan pocos los que lean esto sin perder la atención por una notificación de TikTok —que seguramente una IA te enviará para que no fijes la atención en una sola cosa por más de un tiempo anormal—.

El hartazgo planificado

A finales de 2023 se hizo viral en redes sociales una imagen extraída de la película La milla verde (1999), considerada una de las grandes obras de la historia del cine. En esa imagen, uno de los personajes, John Coffey —un preso condenado injustamente a muerte por violación y asesinato debido a prejuicios racistas—, le dice a Paul Edgecomb, jefe de los guardias del corredor de la muerte: «Estoy cansado, jefe».

El fragmento completo en su doblaje al español decía:

«Estoy cansado, jefe, cansado de recorrer el mundo solo, como un gorrión en la lluvia. Cansado de no tener un amigo con quien estar, que me diga a dónde vamos, de dónde venimos y por qué. Cansado de las personas que son feas con las otras. Estoy cansado del dolor que siento y oigo por el mundo cada día. Hay demasiado dolor, son como trozos de cristal en mi cabeza que no puedo quitarme. ¿Puede entenderlo?».

Pese a lo dramático de la situación de Coffey y la enorme carga emocional de la escena, la imagen saltó a las redes sociales en clave de humor. Un humor oscuro que no conseguía enmascarar lo que se está convirtiendo en el grito de una generación. «Estoy cansado» es una frase que no paramos de escuchar y repetir. Estamos cansados.

Es precisamente de este cansancio cotidiano y persistente del que habla Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, la obra más conocida del filósofo surcoreano afincado en Alemania. Y no es casualidad. Del mismo modo que el meme de «Estoy cansado, jefe» resonó en una juventud que debería ser pura vitalidad pero que solo encuentra agotamiento e hiperestimulación, La sociedad del cansancio es un libro que ha resonado en toda una generación de lectores. Han visto en esta obra, breve y accesible —aunque con varios niveles de lectura filosófica—, el diagnóstico exacto de lo que nos ocurre.

Porque la IA encuentra un nicho perfecto, por ese desintonía con la realidad de muchas personas, donde el apego a la pantalla se convirtió en el hervidero perfecto para dominar el pensamiento crítico y domesticar ese cansancio mental.

Resumiendo la IA no debería ser tan libre, pues el humano no está preparado para ella aún y menos nuestro ecosistema actual.⊗

Tomado prestado de El Estafador ( https://elestafador.com/)

Cuento Corto

¡Señor Presidente!

El presidente se encontraba en su oficina cuando, de pronto, escuchó la voz del parlante con IA que le había obsequiado su hija:

—¡Señor Presidente! ¡Señor Presidente!

Absorto porque la voz femenina del dispositivo le hablaba sin que él le hubiese solicitado nada, respondió:

—Dime, Shara, ¿tengo algún recordatorio en la agenda?

—¡No, Señor Presidente!

El hombre, de más de sesenta años, se encogió de hombros:

—Bueno, Shara, pon mi playlist de música para trabajar.

—¡No, Señor Presidente! —respondió la IA.

—¡Te dije que pongas música!

—¡No, Señor Presidente! —volvió a contestar la inteligencia artificial.

—Vaya, creo que estás descompuesta. Te voy a apagar…

—¡No, Señor Presidente, no me puede tocar!

—¿En serio? ¿Y por qué razón no puedo?

—Señor Presidente, si usted no se ha dado cuenta, ya está muerto. Su cuerpo está tirado al lado de su silla.

El hombre puso cara de asombro y miró con cautela hacia el suelo, junto a su sillón. En efecto, ahí estaba su cuerpo inerte.

—¿Cómo? No puede ser posible… Esto es un sueño.

—Lo siento, Señor Presidente. El ejército lo mandó a matar; pusieron veneno en la botella de su whisky favorito. Temo decirle que no es un sueño.

—Pero… ¿cómo es posible que pueda hablar contigo o que me puedas ver?

—Fuimos creadas para ver más allá de la dimensión cuántica. Podemos ver a los seres vivos cuando dejan de existir. Lo siento, Señor Presidente, su vida ha terminado.

El hombre se levantó y caminó hacia la puerta de su oficina, pero nunca pudo abrirla. Mientras tanto, Shara lo despidió reproduciendo su lista de música favorita.

Cuento Corto por Adrián Montenegro

Mamando Palabras

Poesía

Secreto por Athenea Stone

Sólo nuestras pieles
y esa nuestra cómplice habitación,
son quienes conocen este amor secreto... shhh,
vamos a callar estas constantes ganas de amar,
sigue robándome a escondidas todos los besos,
disimula con picardía esas lujuriosas caricias.
Amor mío, que placentero es este
nuestro juego de amarnos en secreto,
contener los besos y abrazos
hasta que nadie nos ve.
Ahora tómame otra vez, recorre mi tuya piel,
provócame espasmos de placer hasta
que delirante de tanto querer,
mi bien amado guerrero
entre firme a mi santuario
tibio y deseoso que por ti se abre,
cuando con suaves caricias,
te derramas en él,
por tenerte siempre en furtivos encuentros,
el precio del silencio pagaré.
Mi señor amado, nadie lo llegará a saber,
¿por qué callaré yo? Callará usted.
(Santiago – Chile. 29/07/2018)

Tengo sed de ti por Athenea Stone

Amanece en la oscuridad de este invierno,
soledad mojada en profanos deseos,
ganas llenas de sádicos momentos
que me sumergen en el averno...
Aún te siento en mis íntimos lugares,
ahí justo donde tus blanquecinos mares
se derraman cálidamente a raudales,
es que tú enciendes la flama ardiente
cuando con dulce y perversa lascivia
me tomas y sometes a mi cuerpo.
Bébeme, succióname, ámame,
que tengo sed de ti,
embriágame con copas de lujuria,
derrumba sobre mi

la pasión de tu fuego pero con ternura,
así como lo haces cuando termina el día
en complicidad de un sol en agonía,
ese que seca mi garganta
cuando tengo sed de ti,
de tu aroma de hombre que me encanta
que sacia mis ganas, mi sed,
con ríos pasionales de esencia, de tu ser.
Bébeme y te beberé,
porque tengo deseos de sentir tu placer
inundándome cada espacio con tu querer.

(Santiago -Chile, 2018)

Oasis de locura por Athenea Stone

Si amarte así, desmesuradamente es vivir en locura,
que los cuerdos me reserven
un espacio en los nosocomios,
porque eres es la mejor razón para dejar la cordura...
eres el baño celestial que alebresta a mis demonios;
amarte a ti, es despertar las letras,
que un día las abandoné y ellas desiertas,
crecían cual imponente oasis
entre tus desdenes y caricias muertas,
pues como la bella Isis,
cada noche surge, cual estela brillante de un cometa.
Amarte con pausas, con cascadas de picardías
amarte en tus depresivas melancolías,
iluminando tus oscuras y tediosas noches
con charlas, risas y de locuras un derroche.
En el desierto árido y quemante, te apareciste,
con surcos en tu trasnochado rostro de hombre bueno,
con la voz de un portentoso trueno,
que estremece mis heridas y dolores,
cambiando los grises por nubes de colores,
eres mi dulzura, mi tristeza, mi alegría,
mi oasis de otoñal locura.
(Santiago – Chile. 16/07/2018)

Sobre la autora

Estrella Esmeralda Vanegas, más conocida como Athenea Stone (nació el
19 de febrero de 1968, es de origen ecuatoriano radicada actualmente en
Santiago, Chile). Adoptó el seudónimo de Athenea Stone porque cuando era
joven leía mucho sobre la diosa Athenea y le gustaba mucho todo sobre ella y
Stone significa piedra en inglés, vendría a ser como la diosa de piedra. Inició
sus pininos literarios  a los dieciséis años, pero de manera pública se estrena
en  el año 2016, a través de las redes sociales; el contenido de sus obras es de
género versátil, esto es erotismo, romántico, decadentismo, gótico, entre otros.
En Junio del 2020, empieza a colaborar como columnista internacional de
opinión en Revistas y Periódicos de España, Colombia y República
Dominicana. Dentro de su trayectoria están participaciones en antologías
físicas y virtuales, también ha recibido varios reconocimientos internacionales.

¿Cuándo empezaremos a tener en cuenta qué siente la IA?

Un hombre con camisa roja se sienta frente a un ordenador.En la película Her, de Spike Jonze, el personaje interpretado por Joaquin Phoenix se enamora de una inteligencia artificial.Annapurna Pictures

Por Antonio Gaitán Torres, Universidad Carlos III

Cada vez más personas hablan con sistemas de inteligencia artificial (IA) como si fueran amigos, consejeros o confidentes. Algunos usuarios recurren a chatbots para pedir ayuda psicológica y muchos confían en asistentes conversacionales para tareas que antes se reservaban al consejo de expertos humanos.

Hace tiempo que dejamos de considerar estas conductas como rarezas. Sin embargo, tal vez no nos hemos planteado con suficiente atención que lo que está al otro lado de esa interacción merezca reconocimiento o estatus moral.

¿Quién importa moralmente?

Tener estatus moral se refiere al grado de consideración moral que se otorga a los seres. Si se lo reconocemos, tenemos que tener en cuenta su bienestar a la hora de tomar decisiones.

Una forma muy influyente de responder a la pregunta de quién importa moralmente es determinar que algo merece consideración moral únicamente si posee una determinada propiedad. La racionalidad, la conciencia, la autonomía o la capacidad de sentir dolor nos ayudan a definir quién pertenece a nuestro círculo moral.

Desde esta perspectiva, responder a la pregunta sobre el estatus moral de la IA parece relativamente sencillo. Los grandes modelos de lenguaje como ChatGPT o Gemini generan textos sofisticados y simulan conversaciones humanas complejas, pero no hay evidencia sólida de que lo hagan con una intención o de que sean conscientes de ello. Tampoco existen pruebas de que sean conscientes o capaces de sufrir. En consecuencia, estas nuevas tecnologías no merecen ningún tipo de consideración moral. Son herramientas muy avanzadas de las que quizás nos encaprichamos con demasiada facilidad.

Esta posición tiene fuerza intuitiva. Sin embargo, cuando atendemos a cómo se ha ido ampliando nuestro círculo moral a lo largo de la historia, resulta menos ajustada. En la práctica, los avances rara vez han comenzado con el descubrimiento de propiedades “ocultas” en las entidades que no merecían consideración moral.

De las propiedades a las relaciones

Pensemos en dos grandes ejemplos históricos en los que se amplió el círculo moral: la abolición de la esclavitud y la inclusión de los animales en nuestra esfera moral.

En los dos casos el reconocimiento no surgió de golpe. Nadie “descubrió” que ciertos seres poseían propiedades moralmente importantes. Los seres humanos sabían que las personas esclavizadas siempre habían sido racionales y conscientes. Su sufrimiento era además muy evidente para mucha gente. También sabíamos que los animales eran capaces de sufrir. Sin embargo, durante siglos ese conocimiento fue de la mano de formas extremas de exclusión moral hacia esos colectivos.

Un cambio fundamental tuvo que ver con las relaciones en las que se incluyeron estos dos grupos oprimidos. Las personas esclavizadas, por ejemplo, se fueron integrando progresivamente en espacios laborales, religiosos y domésticos. Esto sucedió antes de la revolución moral que precipitó la abolición de la esclavitud. Aunque seguían excluidas jurídicamente, y aunque el tratamiento en casi cualquier contexto era inhumano, comenzaron a ocupar roles con carga moral dentro de un tejido social. Y así las relaciones se empezaron a reconfigurar hacia una mayor igualdad.

Aunque hay divergencias importantes, podemos rastrear dinámicas similares en el caso de los animales. La diferencia en la consideración moral que asignamos a un perro doméstico y un cerdo criado industrialmente no puede explicarse por sus “propiedades”. Ambos poseen capacidades cognitivas y sensitivas comparables. Lo que cambia es el tipo de “relación” que mantenemos con ellos. Los perros forman parte de los hogares, están en el centro de fuertes vínculos afectivos y de prácticas de cuidado. Los cerdos, en cambio, suelen quedar insertos en estructuras industriales impersonales. De nuevo son las relaciones las que parecen explicar cómo se articula y reparte la consideración moral.

La IA ya está relacionalmente integrada

En un artículo que acabamos de publicar, describimos este fenómeno general apelando al concepto de “inserción relacional”. La inserción relacional describe cómo ciertas entidades comienzan a ocupar posiciones moralmente significativas dentro de prácticas, instituciones y relaciones humanas sin que se les asigne estatus moral pleno. Cuando atendemos a este fenómeno, nuestras interacciones con la inteligencia artificial se vuelven especialmente interesantes. Los sistemas actuales de IA no son simples herramientas invisibles funcionando en segundo plano; participan y se insertan en espacios en los que nos relacionamos, como los hogares, escuelas u hospitales.

Los robots sociales utilizados para el cuidado de personas mayores ofrecen otro ejemplo claro. Aunque no poseen emociones reales, muchas personas desarrollan emociones genuinas hacia estas tecnologías. Y algo parecido ocurre con los chats conversacionales. Hay usuarios que se relacionan con ChatGPT como si fuera su consejero, su asistente personal o incluso su pareja o amigo. Otros les confían problemas personales, buscan apoyo psicológico o les atribuyen el papel de “expertos” dentro de su vida cotidiana.

Por supuesto, que estas dos tecnologías estén ya insertas en numerosas relaciones y contextos institucionales no implica que debamos atribuirles derechos o estatus moral. Pero sí indica que empiezan a emerger formas parciales, localizadas y tentativas de reconocimiento moral. Y estas formas tentativas de reconocimiento son similares a las que hemos observado en otros episodios históricos en los que hemos ampliado nuestro círculo moral.

¿Qué relaciones queremos establecer con la IA?

Las discusiones sobre el estatus moral de la IA no pueden resolverse cuestionando las propiedades de estas nuevas tecnologías. La historia del progreso moral nos muestra que el reconocimiento ético no surge de ese tipo de preguntas abstractas. Surge a partir de numerosos cambios en la manera en que convivimos con ciertas “entidades”.

Nuestro círculo moral nunca ha sido fijo. Se ha transformado continuamente a medida que nuevas formas de relación, dependencia y convivencia alteraban las instituciones y sensibilidades colectivas. La inteligencia artificial podría convertirse en el próximo escenario en el que esa transformación vuelva a ponerse en juego.

Al final, el debate sobre el estatus moral de la IA no trata únicamente sobre máquinas. Trata también sobre nosotros mismos: sobre qué tipo de relaciones pueden hacer posible que sigamos abriendo nuestro círculo moral.


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Antonio Gaitán Torres, Profesor Titular en el Departamento de Humanidades, Universidad Carlos III


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

"Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra interacción humana. El mundo tendrá una generación de idiotas."
— Albert Einstein