La poesía palestina, un arma psicológica

MAHMOUD DARWISH POR ÉL MISMO

Por Mahmoud Darwish*

En 1976, en pleno conflicto libanés, el famoso poeta palestino Mahmoud Darwish recordó ante un periodista francés los hechos que forjaron su vida: el exilio de 1948, la infancia como refugiado, la militancia política y una poesía bella y combativa. La entrevista permaneció inédita durante medio siglo.

Hassan Massoudy, Massoudy 82, 1982

A los 7 años, Mahmoud Darwish no era Mahmoud Darwish.

Recuerdo muy bien a aquel niño. Era tranquilo y llevaba una vida tranquila. Empezó el colegio a los 5 años. Creo que fue un alumno brillante. Creo también que era un poco aventurero. Vivía en un pequeño pueblo llamado Al-Birwa, cerca de Akka (1).

Un día, al volver de la escuela, no encontró a su madre en casa. Le dijeron que había ido a Akka con su abuela. Decidió alcanzarlas, sin saber que se trataba de una ciudad. Tomó entonces el camino principal y caminó durante varias horas. Nunca tuvo miedo, apenas un poco de sed. Era testarudo y deseaba con todas sus fuerzas reencontrarse con su madre. Tuvo la sensación de estar viviendo una gran aventura. Descubrió lo que era una ciudad, con sus calles, sus casas, su gente. Por supuesto, no encontró a su madre y, después de llorar, decidió volver sobre sus pasos. Al llegar al pueblo, encontró a todos angustiados por su desaparición. Habían revisado todos los pozos para ver si no se había caído en alguno. Cuando un chico desaparece en un pueblo, la gente siempre empieza por inspeccionar los pozos. Me acuerdo muy bien de esa anécdota.

Si el niño no cayó en ningún pozo aquel día, otra cosa cayó sobre él unos días más tarde. Era una noche de primavera (2): unos disparos despertaron a mi padre. Se llevaron al niño que yo era junto con algunos utensilios de cocina, y toda la familia partió, bajo la luz de la luna, a través de los olivares, hasta llegar, tras varias horas de marcha, al Líbano. En ese momento, el niño supo por primera vez que era un “refugiado”. Supo también ese mismo día que la luna con la que convivía había caído en un pozo.

Me acuerdo muy bien de él en el Líbano, en los campos de refugiados palestinos. Fue ahí donde comenzó su verdadera toma de conciencia del mundo. No sabía qué significaban las palabras “exilio”, “Israel”, “retorno”. Ningún niño necesita esas palabras, pero él las necesitaba porque convivía con ellas. El niño pasó bruscamente de la infancia al mundo de los adultos. Su toma de conciencia del drama palestino se dio, en cambio, al vivir el propio drama. Llegó a través de las palabras, y así fue como entró en el mundo de la palabra escrita.

Cuando tuvimos que emigrar creíamos que el problema era provisorio, que los árabes vencerían a los agresores y que todo terminaría en pocas semanas. Un año después, la gente se dio cuenta de que ese era nuestro destino. Había que volver a Palestina sin pensar en lo que pasaría después. Así que volvimos a escondidas al pueblo.

Ese regreso fue para nosotros como la realización de un sueño, pero el sueño estaba destruido. El pueblo mismo estaba destruido. Había sido refugiado en el Líbano y me encontré siendo refugiado en mi propio país. Tuvimos que dedicar muchísimos esfuerzos para conseguir nuestra identidad legal, porque, según la ley israelí, ¡éramos “presentes ausentes”! (3).

Al principio, cuando iba a la escuela, tenía que esconderme en alguna de las aulas por miedo a que el preceptor me viera, porque no tenía ninguna autorización. Al no tener documento de identidad, no era ciudadano. Así empezó la lucha.

Me acuerdo de que a los 10 años me apasionaban la literatura y la poesía. Todo lo que nos pasaba a mis padres y a mí, lo escribía. A los 13 o 14 años, recité un poema en una gran fiesta organizada para celebrar la creación del Estado de Israel. Las autoridades les habían pedido a todas las escuelas que celebraran el aniversario con discursos. El director de la escuela dijo unas palabras, el profesor dijo otras, y uno de los alumnos, unas terceras. Como yo era un alumno brillante, sobre todo en composición, y el profesor reconocía en mí buenas aptitudes para la poesía, me eligieron para recitar un poema. Estaba muy contento y escribí un poema en contra de esa historia de la creación del Estado.

En el poema hablaba de nuestro drama como refugiados, de la dispersión del pueblo palestino, del saqueo de la tierra y de la persecución por parte de los gobernadores militares. Era sentimental y no tenía ninguna inteligencia política. Eso causó un revuelo enorme en el pueblo, y fue entonces cuando el gobernador militar me convocó a su despacho. Me golpeó y me amenazó con la cárcel si seguía escribiendo poemas. La poesía no era para mí algo serio, sino más bien una especie de efusión sentimental y de entretenimiento. Ese día, el gobernador militar definió mi camino: escribir poesía. Comprendí, en efecto, que esta era un arma. Tenía que elegir: o no combatir, es decir, no escribir, o luchar y, por lo tanto, escribir poesía. Opté por la lucha, y eso forjó mi relación con la autoridad.

La política en todas partes

Más adelante, cuando fui a la escuela secundaria, comprobé que los israelíes nos enseñaban la manera perfecta de volvernos sionistas. Estudié todo lo relativo al pueblo judío, pero casi nada del islam ni de la historia del pueblo árabe. Estudié, por ejemplo, la mayor parte de la obra del poeta judío Haim Najman Bialik (4). Me aprendía su poesía de memoria. En cambio, no conocía más que un solo poema de Al-Mutanabbi (5). Tenía que aprenderme la Biblia de memoria para aprobar los exámenes, mientras que nunca estudié el Corán. Todas las obras literarias que abordaban la cuestión nacional estaban prohibidas. Algunos profesores árabes les enseñaban a los alumnos algunos poemas antiguos que exaltaban la gloria de nuestra cultura. Cuando los descubrían, se les prohibía enseñar y eran expulsados.

El joven árabe no elige dedicarse a la política, sino que es más bien la política la que se le acerca. En todas partes: en la escuela, en los desplazamientos, en los viajes, dentro mismo del país, uno se enfrenta a problemas políticos. Cuando uno es joven, claro, no siente la necesidad ni la importancia de la organización. Uno considera que con rechazar el estado de cosas y expresar ese rechazo en palabras o en poesía ya alcanza. Pero, cuando empecé a leer libros, a formarme políticamente, comprendí la necesidad de afiliarse a un partido revolucionario que combatiera esa política y que reuniera las aspiraciones nacionales del pueblo árabe palestino. Así fue como entré al Partido Comunista Israelí (PCI), inmediatamente después de terminar la escuela secundaria (6). Me convertí en redactor del periódico del partido, Al-Jadid, y luego en jefe de redacción de su revista literaria. Entre el partido y yo, la sintonía fue total.

La acción del PCI parte del principio político, cristalizado más tarde, de que la política israelí sionista conduce a la catástrofe y de que no existe una solución sionista al problema israelí-árabe. De que la única solución reside en el reconocimiento de los derechos nacionales legítimos del pueblo palestino. Por otra parte, el partido da su apoyo constante a las luchas sociales de las masas contra la explotación y el capitalismo israelí. Mi relación con la organización se prolongó hasta 1970, año en que decidí abandonar esa realidad de manera radical. Me sumé a las filas de la resistencia palestina (7). Así, mi relación con el partido fue siempre una elección intelectual e ideológica, en perfecta armonía. No renuncié al PCI, pero ya no soy miembro, simplemente porque ya no estoy presente en territorio ocupado.

La poesía es un arma. Eso es indiscutible. Pero si el arma está oxidada, si esa poesía no es buena, jamás podrá cumplir su función.

Afilar la palabra

En 1973 yo estaba en el Líbano. Era uno de los pocos tipos que creyeron, desde el primer día, que los árabes vencerían o conseguirían alguna victoria (8). Rápidamente decidí optar por un papel “literario” en la guerra. Escribí poemas durante los combates. Aunque, por supuesto, cualquier proyectil es más potente que un poema en el momento de su explosión, después la situación puede cambiar. Yo escribía todos los días sobre los efectos que la guerra tenía en mí. Tanto los programas de radio árabes como los diarios reproducían lo que yo escribía cada día. Aquello era considerado entonces un arma psicológica poderosa en el combate.

La poesía es un arma. Eso es indiscutible. Pero si el arma está oxidada, si esa poesía no es buena, jamás podrá cumplir su función. Creo que la mala poesía, cualesquiera sean las intenciones de su autor frente al imperialismo, termina por hacerle más favores que perjuicios. Para que una poesía sea revolucionaria, y pueda cumplir su función, hace falta ante todo que sea bella. La mala poesía está en consonancia con el imperialismo y con la fealdad de la influencia que ejerce en nuestras almas, en el alma humana. La poesía de combate no existe sino a partir del momento en que abraza los problemas del pueblo, la esencia de las cosas, los fenómenos históricos. Debe existir un absoluto que convierta a la poesía en un objeto estético permanente, capaz de conmover a la gente y de empujarla a abrazar una causa, una lucha, un combate contra un enemigo o un obstáculo. La cuestión de la poesía de combate se ha vuelto una evidencia entre nosotros, entre los revolucionarios, pero requiere un examen en el plano artístico: es necesario que el arma esté afilada como un cuchillo y sea buena, elegante, bella y conmovedora.

El poeta desempeña siempre un papel de agitador, pero justamente ese papel se agota muy rápido.

La poesía de combate no existe sino a partir del momento en que abraza los problemas del pueblo.

Trabajo, entonces, en dos planos: profundizo mi relación con la causa palestina y mi relación con el lenguaje poético. Avanzo por dos caminos paralelos. A veces, la belleza de un poema –su grado artístico– es tan abstracta que termina fallando en su función.

El poeta desempeña siempre un papel de agitador, pero justamente ese papel se agota muy rápido. El problema se plantea con fuerza en el Tercer Mundo. En el mundo árabe, el 80% de la gente es analfabeta (9). No pueden leer un diario. ¿Cómo podría yo llegar hasta ellos? ¿Puedo acaso escribir solamente en dialecto? Cada vez que el nivel de la poesía se eleva, disminuye el número de lectores. La posición del poeta es muy delicada. ¿Cómo hacer para conciliar el propio progreso artístico con el nivel cultural de los lectores? Esta cuestión solo puede resolverse a través de la experiencia individual. Personalmente, no puedo pretender haber resuelto del todo este dilema. Escribí una poesía muy adelantada por su contenido y por su alcance revolucionario, pero de lenguaje difícil. No escribo para los hombres del presente, para un presente ignorante, sino para el futuro. Mi relación con las masas es una relación de futuro. Considero que la evolución de la literatura no se juega únicamente en el plano de la literatura misma sino también en el plano del trabajo revolucionario. Por eso la lucha no puede renunciar a la elevación general del nivel cultural.

El mito del héroe

Hace algunos años, yo era una leyenda en los países árabes, para la prensa, para el mundo literario y para la gente. Los ciudadanos árabes, cuando leían mi poesía, me juzgaban como a un héroe que ponía su vida en peligro, cuando en realidad no hay absolutamente nada de heroico en mi vida.

Mi padre, en cambio, sí es un héroe. Pasó de un nivel de vida razonable a vivir en la más absoluta miseria en cuestión de días. Tuvo seis hijos. Era dueño de unas tierras, pero se negaba a venderlas. Hoy esas tierras están confiscadas. Las autoridades israelíes se las compraron a la fuerza y depositaron el dinero en un banco, a disposición de mi padre, que siempre se negó a tocarlo, incluso en los momentos más críticos. Prefería morir antes que tomar un solo centavo de ese dinero. Esa es, creo, una posición patriótica muy hermosa.

Rindo personalmente homenaje al heroísmo, pero no hice nada para merecer esa cualidad. Por supuesto podría haberme acomodado ahí, convertirme en una especie de héroe sin heroísmo. Pero, como soy muy orgulloso, hoy me alegra haber sido el primero en rechazar y denunciar ese mito.

Escribí un artículo célebre en el mundo árabe, titulado “Ahórrennos ese amor cruel” (10). En él, explicaba que no era más que un poeta principiante, un poeta que intenta continuamente mejorar su estilo y que trata de comprender mejor los problemas humanos, entre los que para mí se destaca la causa palestina. Agregaba en ese artículo que nunca había dejado de ser alumno de los grandes pioneros de la poesía árabe, y que la aparición de ese mito no se debía a mérito alguno, sino a las simpatías políticas de los ciudadanos árabes que vivían bajo la ocupación israelí.

Cuando se alzó la voz de un poeta –mi voz, en este caso– desafiando esa ocupación y esa supremacía de la autoridad de Israel dentro mismo de la patria ocupada, se produjeron efectos casi mágicos sobre el ánimo de las multitudes árabes. Los críticos pasaron por alto la necesidad de examinar mi poesía como poesía, y se limitaron a considerarme un héroe sin heroísmo.

Rechazo esa etiqueta. Rechazo el “mito Mahmoud Darwish” y rechazo la exageración de una valoración que no merezco.

Preferiría que Palestina fuera libre y no haber escrito jamás ni un solo poema.


EL AMOR ME ENSEÑA A NO AMAR  
El amor me enseña a no amar, a abrir la ventana
al borde del camino. ¿Puedes emerger de la llamada de la albahaca
y partirme en dos: tú y lo que queda de la canción?
Cualquier amor es el amor. En cada amor veo el amor, como muerte de una muerte precedente.
Viento que se afana en impulsar a los caballos, entre nubes y valles, a su madre-viento.
¿No puedes salir del tintineo de mi sangre para que acune este ardiente deseo,
para que aparte a las abejas de los pétalos de la rosa contagiosa?
Cualquier amor es el amor. Me pregunta: ¿cómo ha vuelto el vino a su madre y se ha quemado?
¡Qué dulce es el amor cuando atormenta y destruye al narciso del deseo!
El amor me enseña a no amar y me deja a merced de las hojas.

1. Ciudad portuaria de Galilea occidental, a unos veinte kilómetros de Haifa. (Las notas son de la redacción.)
2. La primera guerra israelí-árabe comenzó el 15 de mayo de 1948, al día siguiente de la proclamación del Estado de Israel. En poco tiempo, las fuerzas israelíes ocuparon la Galilea occidental, incluyendo ellas el pueblo de Al-Birwa, donde vivía la familia Darwish.
3. Los “presentes ausentes” designan a los palestinos que permanecieron en Israel después de la guerra de 1948, pero que estaban ausentes de su domicilio o de su pueblo en el momento del censo de noviembre de 1948. Aunque presentes en el territorio, sufrieron la confiscación de sus propiedades en virtud de la ley sobre los propietarios ausentes, adoptada en marzo de 1950.
4. Nacido en Ucrania, Bialik (1873-1934) es considerado el poeta nacional de Israel. Sobre su obra y su itinerario, véase Arianne Bendavid, Haïm Nahman Bialik. La prière égarée. Biographie, Éditions Aden, Bruselas, 2008.
5. Al-Mutanabbi (915-965), o “el que se dice profeta”, está considerado el más grande poeta árabe por su dominio de la lengua, su vida aventurera y sus descripciones, a menudo incisivas o satíricas, de las sociedades y los poderes de Medio Oriente en el siglo X.
6. Darwish se afilió al PCI en 1961, a los 20 años. Por entonces vivía en Haifa.
7. En 1970, Darwish dejó Israel para estudiar en Moscú, y en 1971 se instaló en El Cairo. En 1973 se sumó a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Vivió en Beirut entre 1972 y 1982.
8. La guerra israelí-árabe de 1973 comenzó el 6 de octubre. Darwish, instalado en Beirut, en el corazón mismo de las instituciones de la OLP, se convirtió en una de las principales voces literarias del movimiento nacional palestino.
9. Según diversas fuentes (Estados, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [Unesco], la Organización Árabe para la Educación, la Cultura y las Ciencias [Alecso], entre otras), en 2020 el porcentaje de analfabetismo en la región oscilaba entre el 30% y el 40%.
10. Este texto se publicó en la revista Al-Jadid, N° 6, Haifa, 1969 (con el título original “Unqidhuna min hadha al-hubb al-qasi”).

* Poeta y militante palestino (1941-2008)

Traducción: Redacción de Le Monde diplomatique